Hay preguntas que una democracia solo puede hacerse cuando ha sobrevivido a sus propios fantasmas. ¿Qué es la justicia cuando el Estado mismo ha sido el principal criminal? ¿Es posible fundar un orden duradero sobre la base de un ajuste de cuentas, por más legítimo que sea? Estos son algunos de los interrogantes que atraviesan El Último Liberal (Ariel, 2025), un diálogo afilado y valiente entre Jaime Malamud Goti, arquitecto jurídico del Juicio a las Juntas, y Andrés Rosler, su contraparte en la conversación. Lejos de ser una memoria autocomplaciente, el libro es una autopsia intelectual de las decisiones que marcaron el amanecer de la democracia argentina.
El texto se articula en torno a una tensión fundamental, casi hobbesiana: la que existe entre la justicia y la política. Mientras la primera “mira hacia el pasado”, la segunda “debe mirar hacia el futuro”. En su tránsito de académico a consejero presidencial de Alfonsín, Malamud Goti pasa de analizar el dilema a encarnarlo, forzado por la urgencia de la acción política. Junto a Carlos Nino, imaginó un andamiaje legal para juzgar a los comandantes, pero pronto se encontró con la cruda realidad: una aplicación irrestricta de la ley amenazaba con devorar a la misma democracia que buscaba consolidar.
Es en esta encrucijada donde el libro revela su mayor potencia. Malamud Goti confiesa, sin rodeos, su escepticismo sobre la extensión de los juicios. Argumentaba que “era mejor dejarlo tranquilo a Astiz o que había que dejar tranquilos a todos los oficiales jóvenes” para no crear un frente interno en las Fuerzas Armadas. Esta no es la voz de un apologista, sino la de un estratega consciente de que la paz política es la condición de posibilidad de cualquier justicia futura. La conversación expone asimismo cómo la necesidad de un límite—que culminaría en las controvertidas leyes de Punto Final y Obediencia Debida—no fue una traición, sino una concesión trágica a la fragilidad del momento.
El título, El Último Liberal, no es una hipérbole. El liberalismo que destila Malamud Goti no es el del liberalismo de ethos economicista, sino uno más profundo, moral y civilizatorio: el que coloca al Estado de derecho o Rule of Law como la última frontera frente al poder, incluso cuando este poder se ejerce en nombre de la justicia. En ese sentido, Malamud Goti encarna una versión argentina del liberalismo trágico: la conciencia de que la razón, el derecho y la moral no siempre convergen, y que toda decisión política comporta una pérdida irremediable.
Como en Isaiah Berlin, su liberalismo nace del pluralismo de valores, de la certeza de que los bienes humanos son inconmensurables y, por tanto, incompatibles. En este marco, la justicia no puede ser absoluta sin volverse tiránica. De allí que Malamud sostenga que “el derecho fue inventado para resguardar la humanidad de aquel que nos espanta”: la víctima, el victimario, el adversario político. No sorprende, entonces, su confesión de que hoy defendería a los militares si sus garantías fueran violadas, o su incapacidad para asistir a las audiencias del juicio que él mismo impulsó, por el “espanto ante la pérdida de la libertad del otro, aunque sea merecida”.
Esta posición lo coloca en una tradición liberal cercana a H. L. A. Hart y al Rawls de Liberalismo político, pero despojada del optimismo constructivista de ambos. Si para Rawls la justicia es una virtud de las instituciones, para Malamud es una aspiración siempre amenazada por la contingencia. Y si para Hart el derecho se sostiene en un “mínimo de moral natural”, para Malamud ese mínimo está constantemente erosionado por el resentimiento y la revancha. Su liberalismo no es el de la confianza, sino el de la duda: el de quien sabe que toda justicia aplicada sin prudencia puede volverse su opuesto.
Esta coherencia liberal se manifiesta en la posterior “experiencia antropológica” de Malamud con el militar carapintada Mohamed Alí Seineldín, la cual condensa esta visión. Lejos de buscar la caricatura del enemigo, intenta comprender la lógica de quien, enfrentado a una emboscada, no puede decir a sus soldados que respeten el Pacto de San José de Costa Rica antes de torturar para salvar vidas. Comprender no es justificar, pero sí es una forma de pensar desde el límite de la condición humana, allí donde la ética se encuentra con su abismo. Es en este punto donde la razón liberal alcanza su máxima tensión: el intento de comprender lo inaceptable sin renunciar a la ley.
El libro es un testimonio sobre el pensar sin concesiones. Malamud Goti, en un acto de honestidad intelectual poco común, se pone a sí mismo en tela de juicio. ¿Contribuyeron los juicios a afianzar la democracia?. La respuesta de Malamud es que no está seguro. ¿El sentido último del proceso fue dignificar a las víctimas? Sí, pero también pacificar una sociedad herida. Esa ambivalencia no es debilidad, sino prueba de un pensamiento que se resiste a la absolución. Como señala el propio autor: “mi padre nunca me dio la razón en su vida; nunca me dijo: vos tenés razón”. Tal vez esa falta de reconocimiento paterno se transforme aquí en método: el pensar como forma de no tener razón del todo.
Por eso, el liberalismo que aquí se reivindica no es un programa económico ni una teoría de la eficiencia, sino una ética de la moderación. En un país acostumbrado a las certezas redentoras y los gestos heroicos, Malamud Goti nos recuerda que el coraje más raro es el de sostener la ambigüedad sin cinismo, y la duda sin rendición. Lo que subyace a este “último liberal” no es una doctrina sino un temperamento: el de quien mira la historia con la serenidad de saber que, después de todo, la libertad nunca se conquista del todo—solo se cuida, día a día, de sus propios excesos.
La potencia filosófica del libro radica en su negativa a clausurar las preguntas. En tiempos en que el discurso público se ordena por identidades morales cerradas, El ultimo liberal nos recuerda que la democracia no es el reino de la pureza, sino de la duda institucionalizada. Su mensaje no es cómodo: las democracias se sostienen tanto por la justicia que proclaman como por los límites que aceptan. La lección de Malamud Goti—y también la advertencia—es que el Estado de derecho no se defiende desde el dogma, sino desde el escepticismo; no desde la inocencia, sino desde la conciencia del mal posible.
Sebastián Vergara
Universidad de Buenos Aires – Universidad Nacional de La Rioja
