La tesis de la teología política figura célebremente en el título del libro homónimo de Carl Schmitt, que ya está próximo a cumplir su centenario (la primera edición es de 1922). Dicho libro, sin embargo, es bastante más conocido por su famoso comienzo, “Soberano es el que decide sobre el estado de excepción”, que por la tesis central: “Todos los conceptos significativos de la teoría moderna del Estado son conceptos teológicos secularizados”. Esto se debe a que la tesis central figura al comienzo del capítulo 3, mientras que el ensayo del capítulo 1 arranca con una discusión sobre la excepción.

 

Luego de varios siglos marcados por una creciente secularización, no pocos desconfían de la invocación de consideraciones teológicas en el contexto de la teoría política y del derecho. Sin embargo, hay muy buenas razones para creer que no podemos darnos el lujo de deshacernos de la teología solo por un prejuicio secular, que a veces tiende a ser todavía mayor que los prejuicios religiosos, precisamente porque cree estar libre de prejuicios religiosos. 

 

Como explica Schmitt, la conexión entre el pensamiento jurídico-político y la teología no es solo histórica o genealógica, sino que además es estructural. Quizás la mejor manera de entender cómo opera la tesis de la teología política sea retrotraernos hasta el primer pasaje de otro escrito de Schmitt, de 1917, sobre la visibilidad de la Iglesia, escrito para la revista católica alemana Summa.  

 

Allí Schmitt sostiene: “Dos proposiciones construyen la base de todo lo que se pueda llegar a decir sobre la visibilidad de la Iglesia: (a) el ser humano no está solo en el mundo y (b) el mundo es bueno y lo que hay en él de malo es la consecuencia del pecado de los seres humanos”.

 

A primera vista, este inicio suene más repelente todavía que la tesis de la teología política. Después de todo, cuando Schmitt se refiere a que “el ser humano no está solo en el mundo” lo que quiere decir es que el ser humano está acompañado por Dios, para no decir nada de la referencia al pecado original. 

 

Sin embargo, las dos proposiciones en cuestión pueden ser entendidas muy provechosamente incluso por ateos del modo siguiente: (a) los seres humanos son buscadores compulsivos de significado y por eso tienen creencias, valores, principios, etc., y (b) los seres humanos son parte del problema—de ahí la referencia al pecado—pero también de la solución. 

 

En otras palabras, no tiene sentido concebir un mundo dual en el que los seres humanos son siempre únicamente la solución (o el bien encarnado) y todo el mal termine siendo endilgado al mundo. Tampoco tiene sentido ignorar la compulsión humana hacia la trascendencia, ya que si lo hiciéramos solo lograríamos que la religión reapareciera en la forma de religiones directamente políticas, tal como lo muestran, por ejemplo, los totalitarismos del siglo XX. Huelga decir que, como muy bien dice Paolo Prodi, “el mal siempre está dentro de nosotros, y aun en los regímenes democráticos más avanzados la amenaza proviene en cierto modo desde el interior, de la tendencia a sacralizar la política”.

 

La idea de que el mundo es siempre el problema y los seres humanos únicamente la solución, jamás el problema, es constitutivo del gnosticismo, el discurso religioso que según Eric Voegelin es “la esencia de la modernidad”. 

 

Hablando en términos muy generales, el gnosticismo se caracteriza por el deseo de hacer que la escatología cristiana se haga inmanente, que el cielo aparezca literalmente en la tierra. En otras palabras, lo que el cristianismo promete para el otro mundo, el gnosticismo moderno lo promete en este gracias a una filosofía de la historia que opera de modo providencial. 

 

El gnosticismo surge de la vulnerabilidad humana y el anhelo de lograr la salvación cierta e inmediata de la condición azarosa del mundo, lo cual explica por qué todos los males son del mundo, mientras que el bien queda reservado a quienes son sus víctimas. El credo gnóstico también suele hacer que los iniciados en él se sientan superiores a quienes no pertenecen a él, lo cual provoca otro dualismo con su característica sincronización entre el bien y la pertenencia al credo, y el mal y la exclusión del mismo. 

 

Como explica Jacob Taubes, “el odio apocalíptico-revolucionario contra el mundo se troca en sublevación gnóstica contra aquel Dios y su principio. Caín, el arquetipo del proscripto, del maldecido por el Dios creador, que, inquieto y fugitivo, debe peregrinar sobre la tierra, se convierte en el objeto del culto gnóstico. Con Caín, se encumbra asimismo a los otros proscriptos del Antiguo Testamento y se venera con un culto, por ejemplo, a la serpiente, que en el Génesis es considerada como aquella que induce el mal”. 

 

Según Eric Voegelin, “el siglo XVI inglés tuvo la rara buena fortuna de un brillante observador del movimiento gnóstico en la persona del ‘juicioso Hooker’. En el Prefacio a su República Eclesiástica, Hooker dio un astuto estudio típico de lo puritano, así como del mecanismo psicológico por el cual operan los movimientos gnósticos de masa”. 

 

En las palabras de Hooker—tal vez el principal teólogo de la Iglesia de Inglaterra del siglo XVI—“el método de ganarse el afecto de la gente para la ‘aprobación general de la causa’ (porque así la llaman Ustedes)”, consta de cuatro pasos. 

 

1) La denuncia moral. Al señalar las graves fallas del mundo esto “engendra una gran opinión buena de integridad, celo y santidad para tales reprochadores constantes del pecado, que, probablemente, nunca se hubieran ofendido tanto por todo lo que es malvado a menos que ellos mismos fueran singularmente buenos”. El primer paso del método de ganar gente para “la causa”, entonces, es el de atacar a las autoridades con gran indignación, lo cual usualmente da la impresión de santidad. La gente tiende a creer que esas personas nunca estarían tan ofendidas por el pecado, a menos que ellas mismas fueran muy buenas. 

 

2) La atribución de todos los males al establishment: “imputar todas las fallas y corrupciones de las que abundan en el mundo al tipo de gobierno eclesiástico establecido. De este modo, así como al reprochar las faltas adquieren para sí mismos frente a la multitud el nombre de virtuosos, al descubrir este tipo de causa logran ser juzgados como sabios por sobre los otros”. 

 

3) Proponer una nueva forma de gobierno que va a acabar con todos los males: “Habiendo obtenido tanto influjo en los corazones de los hombres, un tercer paso es el de proponer su propia forma de gobierno de la Iglesia como el solo remedio soberano de todos los males y adornarlo con todos los títulos gloriosos que sean”. 

 

4) Finalmente, sostener que la “causa” ya figura en las Sagradas Escrituras. De ahí que haya que inventar que “las nociones e ideas mismas de las mentes de los hombres de tal suerte que, cuando leen la Escritura, ellos puedan pensar que todas las cosas resuenan como el avance de esa disciplina y para la completa desgracia de lo contrario”.

 

Veamos los cuatro pasos. Obviamente, (1) la denuncia moral en sí mismo no tiene nada malo. Después de todo, el propio Hooker está denunciando el comportamiento de los puritanos. Lo que le preocupa a Hooker es la beatificación automática de todo aquel que haga una denuncia moral. 

 

(2) Por supuesto, todo diseño institucional tiene defectos; pero es extraño que exista un diseño institucional tal que sea responsable de todos los defectos del mundo. 

 

De hecho, (3) llama la atención que justo el diseño institucional que propone el puritanismo sea tal que logre convertirse en el “remedio soberano de todos los males”. 

 

Como dice Hooker, “las manchas y defectos encontrados en nuestro estado, las cuales, proviniendo de la razón de la fragilidad y corrupción humanas, no solo existen sino que más o menos siempre han existido, sí, y (a pensar de lo que oigamos en contrario), existirán hasta que nos quejemos del fin del mundo, sin que importe qué forma de gobierno tiene lugar”. 

 

A veces habrá que desobedecer, por supuesto, pero no porque nuestra revolución pueda dar con un sistema institucional perfecto, y mucho menos porque nuestra revolución pretenda ser la última, la revolución que va a terminar con todas las revoluciones ya que se trata de la autoridad perfecta. En realidad, esto es otra manera de decir que va a terminar con todas las autoridades. 

 

Finalmente, (4) la “causa” figura en la “Escritura” solo porque “interpretamos” la Escritura de tal manera que permita la aparición de nuestra propia “causa” en ella. Es obvio que una causa del siglo XVI no puede figurar en Escrituras que databan de hace siglos. 

 

En realidad, dice Hooker, “la naturaleza, la escritura y la experiencia mismas, todas le han enseñado al mundo buscar el fin de las contiendas mediante la sumisión misma bajo una sentencia judicial y definitiva, respecto a la cual ninguna parte contenciosa pueda rehusar reconocer bajo pretensión o pretexto alguno. Esta sentencia debe ser efectiva y fuerte, ya que por otros medios rara vez prevalece. Quisiera por lo tanto saber si para finalizar estas disputas irritantes en las cuales Ustedes y vuestros seguidores se reconocen como formalmente divididos contra las guías autorizadas de esta Iglesia y contra el resto de la gente sujetada a su cargo—si, digo, ¿Ustedes están contentos con referir vuestra causa a algún otro juicio más alto que el vuestro, o bien intentan persistir y proceder tal como han comenzado, hasta que Ustedes mismos estén persuadidos de condenarse a sí mismos?”.

 

Hooker les está tratando de explicar a los puritanos que no existen respuestas correctas o interpretaciones que sean anteriores o independientes de la autoridad de la instituciones: “Dios no ignoraba que los sacerdotes y los jueces, cuyas sentencias en materias de controversia él ordenó que debían mantenerse, ambas podrían estar engañadas en su juicio, y a menudo lo están. No obstante, en el ojo de su comprensión era mejor que alguna vez prevaleciera una sentencia definitiva errónea hasta que la misma autoridad, percibiendo el descuido, pudiera después corregirlo o revertirlo, y no que las disputas tuvieran respiro para crecer y no llegaran rápidamente a su término”. Parafraseando al mayo francés del 68, es mejor equivocarse con las instituciones que tener razón con los que defienden su propia “causa”. Después de todo, “Tan llena de terquedad y amor propio es nuestra naturaleza, que sin una sentencia definitiva (que una vez dictada sea reconocida) y sin una necesidad de silencio por ambas partes impuesta luego, hay poca esperanza de que las disputas que tuvieron lugar hasta ahora puedan finalizar tranquilamente en el corto plazo” (46-47). 

 

Como se puede apreciar, el planteo de Hooker es en esencia muy similar al que luego propondrá Hobbes casi medio siglo más tarde en su propia teoría política y del derecho, la cual imita la estructura normativa de la Iglesia para transferírsela al Estado, devolviéndola por así decir a sus dueños originales, al menos si tenemos en cuenta la influencia que el derecho romano había tenido sobre la propia Iglesia en sus inicios. 

 

En conclusión, a menos que creamos que el problema es siempre el mundo y jamás los seres humanos, y que la providencia nos asegura que la historia marcha en un sentido inexorable hacia nuestra salvación, no tenemos otra alternativa que tomarnos muy en serio la necesidad de contar con sistemas institucionales con autoridad para resolver nuestros desacuerdos genuinos, a veces incluso sobre cuál es el sistema institucional con autoridad que deseamos tener. 

 

Andrés Rosler

 

Universidad de San Andrés 

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